
...lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.

...lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.
Recordamos perfectamente el momento.
Ambos estábamos navegando en el ciberespacio, buscando algo genuino, algo con propósito. Lo que nunca imaginamos, ni Harold ni yo, es que Dios ya había orquestado nuestro encuentro. Desde el primer mensaje que intercambiamos, sentimos una afinidad inmensa, una conexión que iba más allá de las palabras en una pantalla…

No era casualidad; era una confirmación de que Dios estuvo desde el principio avalando esta relación. Nuestras conversaciones se convirtieron en el sustento de nuestros días, compartiendo nuestros sueños, nuestros principios y, lo más importante, nuestro amor por el Creador.
Nuestro amor comenzó a crecer, fuerte y con raíces profundas en nuestra fe compartida. Sin embargo, como en toda buena historia, enfrentamos una adversidad que puso a prueba nuestro lazo. Los momentos difíciles llegaron con la salud de Harold. Fueron días de profunda incertidumbre y miedo. En esos momentos de debilidad, sentimos de una forma palpable cómo Dios nos sostenía.
Él fue nuestro sanador, nuestro consuelo y la fuerza que nos permitió seguir luchando juntos. Descubrimos que nuestro amor no solo era romántico, sino un testimonio de Su gracia.
A pesar de las pruebas, o quizás gracias a ellas, nuestra certeza creció. Nueve meses han pasado desde aquel primer match, y lo que sentimos es una convicción inquebrantable de que fuimos hechos el uno para el otro. Nuestra historia es una promesa cumplida.
Con los corazones rebosantes de gratitud por la fidelidad de Dios, nos preparamos para unir nuestras vidas para siempre. Daremos el «sí» definitivo, iniciando nuestro pacto ante Él y nuestros seres queridos (ustedes), el 6 de diciembre de 2025.